Cerró el
libro muy despacio para no hacer daño a las palabras que lo habitaban, y pensó
que ya nadie se llamaba Agatha. Mamá siempre decía que hay nombres con tintes
de vejez, como ese, que suenan a persona mayor, así que la gente no los pone.
Le daba pena. Nunca creyó que algo tan simple como un nombre pudiera definir a
una persona como mayor, alegre, tonta…al fin y al cabo sólo son unas cuantas
letras. De todas formas, ese nombre en concreto nunca le pareció malo, como en
los libros de papá, le recordaba a una persona valiente e inteligente, de esas
que miran el mundo a través de una gafas de pasta negras con los bordes hacia
arriba, y que se pasan el día detrás de libros llenos de datos. Nada más
pensarlo, corrió al cajón de los disfraces, y sacó las gafas de juguete que la
abuela le compró para aquel concurso de disfraces del año pasado. Se las puso,
y al instante notó cómo su cuerpo se inundaba de ese aire de conocimientos; fue
corriendo al baño, quería mirarse al espejo y saber si había cambiado en algo.
Se subió a la banqueta, si no, no vería más que un remolino y sus rizos
despeinados; cerró los ojos lo más fuerte que pudo, deseando que al abrirlos
algo fuera diferente, haber crecido, ser una persona normal, que no desentonara…
Pero el espejo decidió quedarse con esa imagen, y simplemente le devolvió un
reflejo ya habitual: una cara muy blanca para la estación en la que estaban,
muchas pecas salpicando su expresión, rizos caóticos y anarquistas que no se
sometían a ningún peine, y unos ojos grandes, marrones y expectantes, eso sí,
enmarcados en unas gafas negras que pretendían hacer que madurara. Nada había
cambiado. Quizá no todo el mundo pudiera ser Agatha. Tal vez la valentía para
ser uno mismo no viniera de serie al nacer. Había una remota posibilidad de que
las esperanzas no fueran más que sueños lejanos. Jamás entendió a Peter Pan, no
querer crecer le parecía una idea ridícula, ser pequeño era un asco. Vivió en
Siempre Alguna Vez durante mucho tiempo; los días se sucedían, pero no sucedían
sus sueños. Vio muchas veces a niños encontrados, que siempre eran iguales,
quiso ser así, pero no encajaba en aquel mundo de monotonía. Poco a poco dejó
de tener 8 años, después abandonó los 9, los 10, los 11…abandonó Siempre Alguna
Vez, y bajo un cielo con nubes y claros consiguió ser como Agatha y sentirse
bien con cómo era. Llegó a Nunca Jamás,
y allí vivió el resto de su vida
rodeándose de libros que le enseñaron a pensar y a darse cuenta de que crecer
no es más que el nombre de hacerse grande, así que era una palabra que no podía
marcar su forma de ser. Aún así creció, como siempre quiso, porque, al fin y al
cabo, vivía en el país donde los sueños se hacen realidad, que no deja de ser
el interior de cada uno siempre que insista y persevere.
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