sábado, 11 de mayo de 2013

Gafas de pasta con los bordes hacia arriba


  Cerró el libro muy despacio para no hacer daño a las palabras que lo habitaban, y pensó que ya nadie se llamaba Agatha. Mamá siempre decía que hay nombres con tintes de vejez, como ese, que suenan a persona mayor, así que la gente no los pone. Le daba pena. Nunca creyó que algo tan simple como un nombre pudiera definir a una persona como mayor, alegre, tonta…al fin y al cabo sólo son unas cuantas letras. De todas formas, ese nombre en concreto nunca le pareció malo, como en los libros de papá, le recordaba a una persona valiente e inteligente, de esas que miran el mundo a través de una gafas de pasta negras con los bordes hacia arriba, y que se pasan el día detrás de libros llenos de datos. Nada más pensarlo, corrió al cajón de los disfraces, y sacó las gafas de juguete que la abuela le compró para aquel concurso de disfraces del año pasado. Se las puso, y al instante notó cómo su cuerpo se inundaba de ese aire de conocimientos; fue corriendo al baño, quería mirarse al espejo y saber si había cambiado en algo. Se subió a la banqueta, si no, no vería más que un remolino y sus rizos despeinados; cerró los ojos lo más fuerte que pudo, deseando que al abrirlos algo fuera diferente, haber crecido, ser una persona normal, que no desentonara… Pero el espejo decidió quedarse con esa imagen, y simplemente le devolvió un reflejo ya habitual: una cara muy blanca para la estación en la que estaban, muchas pecas salpicando su expresión, rizos caóticos y anarquistas que no se sometían a ningún peine, y unos ojos grandes, marrones y expectantes, eso sí, enmarcados en unas gafas negras que pretendían hacer que madurara. Nada había cambiado. Quizá no todo el mundo pudiera ser Agatha. Tal vez la valentía para ser uno mismo no viniera de serie al nacer. Había una remota posibilidad de que las esperanzas no fueran más que sueños lejanos. Jamás entendió a Peter Pan, no querer crecer le parecía una idea ridícula, ser pequeño era un asco. Vivió en Siempre Alguna Vez durante mucho tiempo; los días se sucedían, pero no sucedían sus sueños. Vio muchas veces a niños encontrados, que siempre eran iguales, quiso ser así, pero no encajaba en aquel mundo de monotonía. Poco a poco dejó de tener 8 años, después abandonó los 9, los 10, los 11…abandonó Siempre Alguna Vez, y bajo un cielo con nubes y claros consiguió ser como Agatha y sentirse bien con cómo era.  Llegó a Nunca Jamás, y allí vivió el  resto de su vida rodeándose de libros que le enseñaron a pensar y a darse cuenta de que crecer no es más que el nombre de hacerse grande, así que era una palabra que no podía marcar su forma de ser. Aún así creció, como siempre quiso, porque, al fin y al cabo, vivía en el país donde los sueños se hacen realidad, que no deja de ser el interior de cada uno siempre que insista y persevere.

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