Soñaba con poder volar, así que se escapó de casa; sus padres le cortaban las alas. O eso pensó hasta que se fue, y la vida dejó de ser sencilla. Les odiaba. Les odiaba con toda su alma. Pero odiaba más la oscuridad de las noches en soledad, y eso encontró al salir por la puerta.
Aprovechó la madrugada, cuando todos dormían, para recoger sus cosas y escapar sigilosamente. Llevaba todo lo que necesitaba para sobrevivir, o al menos era lo que esperaba..."Dinero, ropa, el neceser..."pensó. Su madre le enseñó de pequeña las cosas que toda mujer debe llevar encima al irse de casa, y, por desgracia no estaban incluidos los peluches, ni los abrazos, ni ninguna otra cosa que te recodara de dónde vienes menos alguna pequeña foto, y ella se iba para no ver a sus padres, así que eso no cabía en su mochila.
Comenzó a entornar con cuidado la puerta, que siempre chirriaba. Echaría de menos ese ruido alegre que a diario la despedía y la recibía, menos esa noche, que lo había adormecido con uno de los sprays de debajo del fregadero para que su "adiós" no despertara a nadie. Se había propuesto no mirar nunca atrás a partir de aquel momento, pero no pudo resistirse a echar un último vistazo a las paredes que la habían visto crecer; abrió un poco la puerta y vio la foto de la primera exhibición de ballet que hizo. Habían pasado casi 11 años, habían pasado muchos tutús y muchas zapatillas, pero ella era la misma, o, por lo menos, una extraña que se parecía mucho a aquella niña de 6 años que se esforzaba por parecer seria y esconder la amplia sonrisa que se asomaba por los bordes de su boca y se trasladaba a sus ojos para no ser eclipsada por varias capas de tul rosa. Corrió a su cuarto, cogió los trajes y las puntas como pudo, y salió, esta vez sin mirar atrás.
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