Cerró de un portazo, ya no le importaba hacer
ruido o que se despertara alguien; sólo quería desaparecer de su vida, fundirse
con la oscuridad a la que tanto temía y dejar de ser Fia Rizzo...Poder elegir
qué camino coger de una vez por todas. Corrió. Corrió como nunca en su vida. Corrió
sin preocuparse de pisar los charcos. Corrió huyendo de la niña que aguantaba
su sonrisa, de la puerta que saludaba y se despedía, de los libros que pretendían
decirle qué pensar, de los póster que la miraban fijamente mientras dormía y de
las personas que cortaban sus alas. Escapó de aquel corral de cuatro paredes y
de la luz que jamás iluminó su vida, y se escondió en la noche. Siguió
corriendo y después corrió más. Sus pasajeros de última hora parecían
ir a caerse, pero no podía dejarlos por el camino, así que apretó sus brazos
todo lo que pudo para sostener entre ellos sus tutús y zapatillas.
Se movía entre las calles de Tor Di
Quinto como si las conocieran, pero no era así, desde hacía meses su vida
callejera se reducía al camino de casa al instituto y del instituto a
casa, no necesitaba más. Una lágrima comenzó a resbalar por su mejilla, ¿por
qué lloraba? Hacía eso para ser feliz, no para llorar y pensar en su casa.
Tenía que ser fuerte. Intentaba ahuyentar esos pensamientos de su cabeza; corría
y pensaba, pensaba y corría. Cuanto más quería olvidar, más lágrimas rodaban
por su cara; y tropezó. Tuvo el tiempo justo para soltar las cosas que llevaba
en las manos para apoyarlas antes de que
su cabeza golpeara el suelo. Cayó de rodillas, miró sus cosas esparcidas por el
suelo mojado y los brazos le fallaron. Se quedó tendida en el suelo sin fuerzas
para nada más que llorar en silencio; al fin y al cabo las lágrimas caen solas.
Comenzó a llover. “¡Qué típico!” pensó, pero le gustaba la lluvia, limpiaba sus
manos sucias de la caída y hacía que sus lágrimas parecieran pequeñas y se
disolvieran en charcos que antes o después desaparecerían. Comenzó a sentir
frío en las rodillas, al mirar hacia abajo vio que sus pantalones se habían
roto con la caída. Estuvo tirada en medio de aquella calle oscura durante mucho
tiempo, o al menos eso le pareció a ella, pero lo que sí sabía era que el sol empezaba
a despuntar.
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