miércoles, 15 de mayo de 2013

El viaje de Fia Rizzo: amanece, que no es poco


  Cerró de un portazo, ya no le importaba hacer ruido o que se despertara alguien; sólo quería desaparecer de su vida, fundirse con la oscuridad a la que tanto temía y dejar de ser Fia Rizzo...Poder elegir qué camino coger de una vez por todas. Corrió. Corrió como nunca en su vida. Corrió sin preocuparse de pisar los charcos. Corrió huyendo de la niña que aguantaba su sonrisa, de la puerta que saludaba y se despedía, de los libros que pretendían decirle qué pensar, de los póster que la miraban fijamente mientras dormía y de las personas que cortaban sus alas. Escapó de aquel corral de cuatro paredes y de la luz que jamás iluminó su vida, y se escondió en la noche. Siguió corriendo y después corrió más. Sus pasajeros de última hora parecían ir a caerse, pero no podía dejarlos por el camino, así que apretó sus brazos todo lo que pudo para sostener entre ellos sus tutús y zapatillas. 
   
   Se movía entre las calles de Tor Di Quinto como si las conocieran, pero no era así, desde hacía meses su vida callejera se reducía al camino de casa al instituto y del instituto a casa, no necesitaba más. Una lágrima comenzó a resbalar por su mejilla, ¿por qué lloraba? Hacía eso para ser feliz, no para llorar y pensar en su casa. Tenía que ser fuerte. Intentaba ahuyentar esos pensamientos de su cabeza; corría y pensaba, pensaba y corría. Cuanto más quería olvidar, más lágrimas rodaban por su cara; y tropezó. Tuvo el tiempo justo para soltar las cosas que llevaba en  las manos para apoyarlas antes de que su cabeza golpeara el suelo. Cayó de rodillas, miró sus cosas esparcidas por el suelo mojado y los brazos le fallaron. Se quedó tendida en el suelo sin fuerzas para nada más que llorar en silencio; al fin y al cabo las lágrimas caen solas. Comenzó a llover. “¡Qué típico!” pensó, pero le gustaba la lluvia, limpiaba sus manos sucias de la caída y hacía que sus lágrimas parecieran pequeñas y se disolvieran en charcos que antes o después desaparecerían. Comenzó a sentir frío en las rodillas, al mirar hacia abajo vio que sus pantalones se habían roto con la caída. Estuvo tirada en medio de aquella calle oscura durante mucho tiempo, o al menos eso le pareció a ella, pero lo que sí sabía era que el sol empezaba a despuntar.

  Se levantó despacio, recogió todo lo que se le había caído y empezó a caminar hasta que llegó a un camino de tierra que bordeaba unos campos de cultivo muy verdes. Vio amanecer, y sin saber por qué le vino una canción a la cabeza, y cantó muy bajito, con miedo de que alguien la oyera. “Je crois qu’il est trop tard pour te dire que ça fait mal. Mon coeur n’est plus comme avant, car il s’endort tout doucement.” Sí, definitivamente algo le dolía, y sentía que su corazón se dormía lentamente. Quiso volver a correr, pero las piernas no le respondían. Tuvo  que caminar todo el día, y lo hizo según soplaba el viento. Tenía hambre, ¿qué hora sería? Miró su muñeca, pero vio que no había cogido su reloj. Daba igual, ya no tendría horarios. Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios; no podía seguir siendo la niña de la foto, no era ella, así que dejó que su boca se arqueara. Sonrió por primera vez desde que había huido, y no intentó ocultarlo. Dejó que el sol de mediados de abril acariciara su piel, era reconfortante. Extendió sus brazos y dio un par de vueltas para sentir el calor por todo su cuerpo. Se sentó en una gran piedra del camino, dejó todo en el suelo 

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