Se secó al sol sentada en la piedra mientras oteaba el
horizonte en busca de algo…quizá un coche de policía que intentaba encontrarla,
alguien llamándola a gritos, o simplemente una persona que le diera conversación.
Necesitaba hablar y desahogarse, era la única manera de terminar de soltar el
lastre que hacía que sus pies siguieran en tierra y no pudiera volar.
Necesitaba volver a volar como algún día hizo antes de que todo empezara a
torcerse; en el fondo añoraba sentirse como la niña de la foto, tener sonrisas
guardadas tras unos ojos marrones demasiado grandes para su cara. Su abuela
siempre le decía que los ojos lo decían todo de las personas, y que los suyos
reflejaban su corazón. Se preguntó si ahora alguien que la mirara podría ver lo
que sentía. Seguro que ella habría podido si la hubiera encontrado en ese
momento. Aquel campo le recordaba a ella, que vivía en una pequeña casa rodeada
de plantaciones y árboles bajo los que sentarse en verano. Cuando era pequeña y
pasaba más tiempo en esa casa se pasaba horas a la sombra de aquellas copas
llenas de frutos leyendo, le apasionaba leer… ¿Qué había sido de aquella chica
llena de ilusiones y sueños que cumplir? Intentó recordar cuándo dejó de ser así,
pero enseguida le entró hambre, hacía mucho que no comía y ya debía acercarse
la hora de comer.
Había pasado horas
secándose, quizá más de lo necesario. Ahora sentía el abrazo del sol calentando
su cuerpo antes entumecido por la noche en vela. Comenzó a andar con al
esperanza de encontrar algún frutal como los de la abuela, un restaurante o
cualquier cosa comestible. Caminaba con la cabeza llena de pájaros que el calor
había traído consigo, pájaros que le devolvían la ilusión de ser feliz y
encontrar una nueva vida a su medida; qué bien sonaba todo aquello. Siguió el
camino durante un rato, muy atenta a todo lo que la lejanía intentaba
ocultar, hasta que escuchó algo a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio que un
perro corría hacia ella, era bonito, blanco, con unos ojos que le recordaban a los suyos
propios, grandes y marrones. Las orejas le botaban a cada zancada que daba, Fia
rió al darse cuenta; llevaba tanto tiempo sin reír que ya no recordaba lo
reconfortante que era. El perro se paró a su lado y se frotó con su pierna;
ella se agachó para acariciarle un poco, y él le intentó chupar la cara. Le
gustaba ese perro, era el primer ser vivo que la besas en mucho tiempo. Nunca
tuvo perro, a su padre no le gustaban, decía que eran sucios y olían mal, así
que se tuvo que conformar con verlos de lejos y envidiar a todos los niños que
sí tenían, incluso en el barrio marginal en el que vivía. Después de jugar un
poco con el perro se levantó y siguió su camino esperando que su nuevo amigo
echara a correr de nuevo, pero no lo hizo, se quedó a su lado, andando a la
misma velocidad que ella. Siguió observándolo mientras sus pies daban ágiles
pasos sobre el suelo de tierra. Estaba demasiado limpio como para ser
callejero, así que pensó que seguramente se habría perdido en el campo y
buscaba su hogar…cada vez eran más parecidos, al menos para ella.
Anduvieron juntos
por el camino durante varios minutos. Fia vio una casa a un lado del camino, se
parecía mucho a la de la abuela, tenía dos pisos y buhardilla, y parecía que
también un pequeño porche que la rodeaba. Sin darse cuenta, sonrió; lo estaba
haciendo más en esa mañana que en los últimos años juntos. El perro volvió a
echar a correr, pero a los pocos metros se paró, miro hacia atrás y ladró a
Fia, como queriendo que le siguiera. Extrañada, intentó ponerse a la altura del
perro, pero él empezó a correr de nuevo, y no paró hasta que llegó al camino
que daba a la puerta de la casa. Allí la espero y volvió a ladrar varias veces,
ahora de una manera mucho más alegre. De repente, la puerta de la casa se abrió,
y el perro se separó de ella para llegar al porche en el que estaba la puerta.
Sin abrirse demasiado, apareció una mano, después un pie, el otro, y
finalmente, una figura encorvada de la que no conseguía distinguir nada.
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