jueves, 16 de mayo de 2013

El viaje de Fia Rizzo: sonrisas


  Se secó al sol sentada en la piedra mientras oteaba el horizonte en busca de algo…quizá un coche de policía que intentaba encontrarla, alguien llamándola a gritos, o simplemente una persona que le diera conversación. Necesitaba hablar y desahogarse, era la única manera de terminar de soltar el lastre que hacía que sus pies siguieran en tierra y no pudiera volar. Necesitaba volver a volar como algún día hizo antes de que todo empezara a torcerse; en el fondo añoraba sentirse como la niña de la foto, tener sonrisas guardadas tras unos ojos marrones demasiado grandes para su cara. Su abuela siempre le decía que los ojos lo decían todo de las personas, y que los suyos reflejaban su corazón. Se preguntó si ahora alguien que la mirara podría ver lo que sentía. Seguro que ella habría podido si la hubiera encontrado en ese momento. Aquel campo le recordaba a ella, que vivía en una pequeña casa rodeada de plantaciones y árboles bajo los que sentarse en verano. Cuando era pequeña y pasaba más tiempo en esa casa se pasaba horas a la sombra de aquellas copas llenas de frutos leyendo, le apasionaba leer… ¿Qué había sido de aquella chica llena de ilusiones y sueños que cumplir? Intentó recordar cuándo dejó de ser así, pero enseguida le entró hambre, hacía mucho que no comía y ya debía acercarse la hora de comer.
 
  Había pasado horas secándose, quizá más de lo necesario. Ahora sentía el abrazo del sol calentando su cuerpo antes entumecido por la noche en vela. Comenzó a andar con al esperanza de encontrar algún frutal como los de la abuela, un restaurante o cualquier cosa comestible. Caminaba con la cabeza llena de pájaros que el calor había traído consigo, pájaros que le devolvían la ilusión de ser feliz y encontrar una nueva vida a su medida; qué bien sonaba todo aquello. Siguió el camino durante un rato, muy atenta a todo lo que la lejanía intentaba ocultar, hasta que escuchó algo a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio que un perro corría hacia ella, era bonito, blanco,  con unos ojos que le recordaban a los suyos propios, grandes y marrones. Las orejas le botaban a cada zancada que daba, Fia rió al darse cuenta; llevaba tanto tiempo sin reír que ya no recordaba lo reconfortante que era. El perro se paró a su lado y se frotó con su pierna; ella se agachó para acariciarle un poco, y él le intentó chupar la cara. Le gustaba ese perro, era el primer ser vivo que la besas en mucho tiempo. Nunca tuvo perro, a su padre no le gustaban, decía que eran sucios y olían mal, así que se tuvo que conformar con verlos de lejos y envidiar a todos los niños que sí tenían, incluso en el barrio marginal en el que vivía. Después de jugar un poco con el perro se levantó y siguió su camino esperando que su nuevo amigo echara a correr de nuevo, pero no lo hizo, se quedó a su lado, andando a la misma velocidad que ella. Siguió observándolo mientras sus pies daban ágiles pasos sobre el suelo de tierra. Estaba demasiado limpio como para ser callejero, así que pensó que seguramente se habría perdido en el campo y buscaba su hogar…cada vez eran más parecidos, al menos para ella.

  Anduvieron juntos por el camino durante varios minutos. Fia vio una casa a un lado del camino, se parecía mucho a la de la abuela, tenía dos pisos y buhardilla, y parecía que también un pequeño porche que la rodeaba. Sin darse cuenta, sonrió; lo estaba haciendo más en esa mañana que en los últimos años juntos. El perro volvió a echar a correr, pero a los pocos metros se paró, miro hacia atrás y ladró a Fia, como queriendo que le siguiera. Extrañada, intentó ponerse a la altura del perro, pero él empezó a correr de nuevo, y no paró hasta que llegó al camino que daba a la puerta de la casa. Allí la espero y volvió a ladrar varias veces, ahora de una manera mucho más alegre. De repente, la puerta de la casa se abrió, y el perro se separó de ella para llegar al porche en el que estaba la puerta. Sin abrirse demasiado, apareció una mano, después un pie, el otro, y finalmente, una figura encorvada de la que no conseguía distinguir nada.

miércoles, 15 de mayo de 2013

El viaje de Fia Rizzo: amanece, que no es poco


  Cerró de un portazo, ya no le importaba hacer ruido o que se despertara alguien; sólo quería desaparecer de su vida, fundirse con la oscuridad a la que tanto temía y dejar de ser Fia Rizzo...Poder elegir qué camino coger de una vez por todas. Corrió. Corrió como nunca en su vida. Corrió sin preocuparse de pisar los charcos. Corrió huyendo de la niña que aguantaba su sonrisa, de la puerta que saludaba y se despedía, de los libros que pretendían decirle qué pensar, de los póster que la miraban fijamente mientras dormía y de las personas que cortaban sus alas. Escapó de aquel corral de cuatro paredes y de la luz que jamás iluminó su vida, y se escondió en la noche. Siguió corriendo y después corrió más. Sus pasajeros de última hora parecían ir a caerse, pero no podía dejarlos por el camino, así que apretó sus brazos todo lo que pudo para sostener entre ellos sus tutús y zapatillas. 
   
   Se movía entre las calles de Tor Di Quinto como si las conocieran, pero no era así, desde hacía meses su vida callejera se reducía al camino de casa al instituto y del instituto a casa, no necesitaba más. Una lágrima comenzó a resbalar por su mejilla, ¿por qué lloraba? Hacía eso para ser feliz, no para llorar y pensar en su casa. Tenía que ser fuerte. Intentaba ahuyentar esos pensamientos de su cabeza; corría y pensaba, pensaba y corría. Cuanto más quería olvidar, más lágrimas rodaban por su cara; y tropezó. Tuvo el tiempo justo para soltar las cosas que llevaba en  las manos para apoyarlas antes de que su cabeza golpeara el suelo. Cayó de rodillas, miró sus cosas esparcidas por el suelo mojado y los brazos le fallaron. Se quedó tendida en el suelo sin fuerzas para nada más que llorar en silencio; al fin y al cabo las lágrimas caen solas. Comenzó a llover. “¡Qué típico!” pensó, pero le gustaba la lluvia, limpiaba sus manos sucias de la caída y hacía que sus lágrimas parecieran pequeñas y se disolvieran en charcos que antes o después desaparecerían. Comenzó a sentir frío en las rodillas, al mirar hacia abajo vio que sus pantalones se habían roto con la caída. Estuvo tirada en medio de aquella calle oscura durante mucho tiempo, o al menos eso le pareció a ella, pero lo que sí sabía era que el sol empezaba a despuntar.

  Se levantó despacio, recogió todo lo que se le había caído y empezó a caminar hasta que llegó a un camino de tierra que bordeaba unos campos de cultivo muy verdes. Vio amanecer, y sin saber por qué le vino una canción a la cabeza, y cantó muy bajito, con miedo de que alguien la oyera. “Je crois qu’il est trop tard pour te dire que ça fait mal. Mon coeur n’est plus comme avant, car il s’endort tout doucement.” Sí, definitivamente algo le dolía, y sentía que su corazón se dormía lentamente. Quiso volver a correr, pero las piernas no le respondían. Tuvo  que caminar todo el día, y lo hizo según soplaba el viento. Tenía hambre, ¿qué hora sería? Miró su muñeca, pero vio que no había cogido su reloj. Daba igual, ya no tendría horarios. Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios; no podía seguir siendo la niña de la foto, no era ella, así que dejó que su boca se arqueara. Sonrió por primera vez desde que había huido, y no intentó ocultarlo. Dejó que el sol de mediados de abril acariciara su piel, era reconfortante. Extendió sus brazos y dio un par de vueltas para sentir el calor por todo su cuerpo. Se sentó en una gran piedra del camino, dejó todo en el suelo 

martes, 14 de mayo de 2013

El viaje de Fia Rizzo: jueves

  Soñaba con poder volar, así que se escapó de casa; sus padres le cortaban las alas. O eso pensó hasta que se fue, y la vida dejó de ser sencilla. Les odiaba. Les odiaba con toda su alma. Pero odiaba más la oscuridad de las noches en soledad, y eso encontró al salir por la puerta.
  Aprovechó la madrugada, cuando todos dormían, para recoger sus cosas y escapar sigilosamente. Llevaba todo lo que necesitaba para sobrevivir, o al menos era lo que esperaba..."Dinero, ropa, el neceser..."pensó. Su madre le enseñó de pequeña las cosas que toda mujer debe llevar encima al irse de casa, y, por desgracia no estaban incluidos los peluches, ni los abrazos, ni ninguna otra cosa que te recodara de dónde vienes menos alguna pequeña foto, y ella se iba para no ver a sus padres, así que eso no cabía en su mochila.

  Comenzó a entornar con cuidado la puerta, que siempre chirriaba. Echaría de menos ese ruido alegre que a diario la despedía y la recibía, menos esa noche, que lo había adormecido con uno de los sprays de debajo del fregadero para que su "adiós" no despertara a nadie. Se había propuesto no mirar nunca atrás a partir de aquel momento, pero no pudo resistirse a echar un último vistazo a las paredes que la habían visto crecer; abrió un poco la puerta y vio la foto de la primera exhibición de ballet que hizo. Habían pasado casi 11 años, habían pasado muchos tutús y muchas zapatillas, pero ella era la misma, o, por lo menos, una extraña que se parecía mucho a aquella niña de 6 años que se esforzaba por parecer seria y esconder la amplia sonrisa que se asomaba por los bordes de su boca y se trasladaba a sus ojos para no ser eclipsada por varias capas de tul rosa. Corrió a su cuarto, cogió los trajes y las puntas como pudo, y salió, esta vez sin mirar atrás.

sábado, 11 de mayo de 2013

Gafas de pasta con los bordes hacia arriba


  Cerró el libro muy despacio para no hacer daño a las palabras que lo habitaban, y pensó que ya nadie se llamaba Agatha. Mamá siempre decía que hay nombres con tintes de vejez, como ese, que suenan a persona mayor, así que la gente no los pone. Le daba pena. Nunca creyó que algo tan simple como un nombre pudiera definir a una persona como mayor, alegre, tonta…al fin y al cabo sólo son unas cuantas letras. De todas formas, ese nombre en concreto nunca le pareció malo, como en los libros de papá, le recordaba a una persona valiente e inteligente, de esas que miran el mundo a través de una gafas de pasta negras con los bordes hacia arriba, y que se pasan el día detrás de libros llenos de datos. Nada más pensarlo, corrió al cajón de los disfraces, y sacó las gafas de juguete que la abuela le compró para aquel concurso de disfraces del año pasado. Se las puso, y al instante notó cómo su cuerpo se inundaba de ese aire de conocimientos; fue corriendo al baño, quería mirarse al espejo y saber si había cambiado en algo. Se subió a la banqueta, si no, no vería más que un remolino y sus rizos despeinados; cerró los ojos lo más fuerte que pudo, deseando que al abrirlos algo fuera diferente, haber crecido, ser una persona normal, que no desentonara… Pero el espejo decidió quedarse con esa imagen, y simplemente le devolvió un reflejo ya habitual: una cara muy blanca para la estación en la que estaban, muchas pecas salpicando su expresión, rizos caóticos y anarquistas que no se sometían a ningún peine, y unos ojos grandes, marrones y expectantes, eso sí, enmarcados en unas gafas negras que pretendían hacer que madurara. Nada había cambiado. Quizá no todo el mundo pudiera ser Agatha. Tal vez la valentía para ser uno mismo no viniera de serie al nacer. Había una remota posibilidad de que las esperanzas no fueran más que sueños lejanos. Jamás entendió a Peter Pan, no querer crecer le parecía una idea ridícula, ser pequeño era un asco. Vivió en Siempre Alguna Vez durante mucho tiempo; los días se sucedían, pero no sucedían sus sueños. Vio muchas veces a niños encontrados, que siempre eran iguales, quiso ser así, pero no encajaba en aquel mundo de monotonía. Poco a poco dejó de tener 8 años, después abandonó los 9, los 10, los 11…abandonó Siempre Alguna Vez, y bajo un cielo con nubes y claros consiguió ser como Agatha y sentirse bien con cómo era.  Llegó a Nunca Jamás, y allí vivió el  resto de su vida rodeándose de libros que le enseñaron a pensar y a darse cuenta de que crecer no es más que el nombre de hacerse grande, así que era una palabra que no podía marcar su forma de ser. Aún así creció, como siempre quiso, porque, al fin y al cabo, vivía en el país donde los sueños se hacen realidad, que no deja de ser el interior de cada uno siempre que insista y persevere.