Aquella melodía le resonaba fuertemente en la cabeza, no estaba seguro de cuándo la había oído, solo pensaba en una cosa: en que la había tocado Carla en aquel piano negro, que conservaba impolutamente; aquel que un día perteneció a su madre y que seguía en la sala donde estaba aquella fatídica noche, la pasada primavera.
Si, ahora lo recordaba, era la canción que Carla le había compuesto a modo de regalo de cumpleaños hacía exactamente un año. Claro, que él no se encontraba allí, en el poyete del balcón bajo la fuerte lluvia por eso, sino por lo que aconteció poco después, en la fiesta .
La alegre pieza, se mezclaba con el sonido del fuerte aguacero, produciendo una melancólica composición; haciendo más intenso si aún cabía, el deseo de Mario de reunirse con su amada Carla de cualquier modo. Estaba dispuesto a pagar cualquier precio, por alto que fuera para ello.
Entonces le vinieron a la cabeza todos los recuerdos de lo ocurrido, la ventana rota, el silencio, un apagón, el grito... y seguidamente, la luz. Aquella luz que preferiría no haber visto, aquella que fue seguida por la imagen más espantosa que alguien puede ver: un cuerpo, no uno cualquiera; era el de Carla, que aún llevaba el vestido, con su largo pelo rizado revuelto, y lleno de algo rojo; una sustancia, que bajo la horrorizada mirada de los invitados, fue cubriendo el césped, empapando la tela del vestido... Y llegando hasta los pies del tembloroso Mario.
Pero, aquello no había sido el principio, no, esto comenzó la tarde de la fiesta, mientras los sirvientes de la mansión realizaban los preparativos del copioso banquete con el cual se abriría la verdadera celebración de su trigésimo aniversario. Todavía recordaba a Carla, preparándose para la fiesta.
Aquella tarde, antes de la fiesta, Carla estaba de un humor excelente. Se iba moviendo de un lado para otro, mientras se peinaba distraídamente, concentrada, diciéndole a Mario que comprobara si todo estaba en orden y preparado para la fiesta de aquella noche; aquella noche el atareado hombre recordaría por el resto de sus días como el peor de todos.
Bajó canturreando, para comprobar que todos estaba preparado, tal y como había requerido su amada mujer. El primer lugar que visitó, fue la cocina; pudo ver la eficacia de los cocineros que habían sido contratados para la ocasión. Trabajaban rápidamente, sin descanso, pero poniendo mucho cuidado en todo; como sopladores de vidrio, tenían especial cuidado en todos los pequeños detalles de la tarta y el resto de la comida y los entremeses. Al salir de la cocina, se dirigió al gran salón donde se celebraría el banquete; una estatua de hielo enorme, con forma de cisne, brillaba intensamente bajo las luces de las lámparas de miles de pequeños cristalitos. El hielo seco del pie de la figura, humeaba alegremente en un tono blanco azulado, y detrás ..., la perfección, cientos de adornos rojos anaranjados y escarlatas colgaban de paredes y columnas, y la enorme mesa de madera de teca, arreglada con gran decoro relucía, debido a la abundancia de copas y cubiertos de plata que se hallaban sobre ella.
En el centro de la estancia, pudo ver el piano negro, en el cual Carla se sentaba a tocar, en sus tardes libres, cualquier alegre melodía. El precioso instrumento, brillaba, como todo en aquella estancia.
Aquellos recuerdos trajeron consigo la nostalgia, la rabia, impotencia y dolor de Mario. Dios, cómo adiaba aquellas sensaciones; hacía tan solo un año, habría tenido a Carla para contarle sus problemas... ahora no. Los sentimientos se intensificaron hasta producirle un dolor insoportable. Solo serian un par de segundos de caída, y luego, nada, todo se acabaría para siempre. En aquel momento era su mejor idea (a demás de la única, ya que ocupaba el centro de su todo). Pero no, no podía hacerlo, tal vez pareciera la mejor opción, pero con ella defraudaría a su amada. No, no podía saltar, Carla querría que siguiera con su vida, como si ella no hubiera estado nunca a su lado. Pero el no podía, a decir verdad, ningún ángel podía quitarse la vida. Aunque hacía mucho que sus alas estaban atrofiadas del desuso. Hacía años, mejor dicho décadas que no las abría, más o menos desde que entró en el instituto. Y ahora no podía abrirlas ni aún queriendo.
¿Seguía siendo un ángel? No lo sabía, había perdido facultades etéreas, sentía, amaba, envejecía... y no podía volar. Tal vez ya no se le necesitaba como ángel, había dejado su naturaleza a parte durante demasiado tiempo. Estaba muriendo, y lo sabía, si no conseguía volar, en poco tiempo sufriría una dolorosa enfermedad, cuando sus alas se marchitaran, su corazón dejaría de latir, no podría respirar, pero no moriría en ese momento, duraría por lo menos diez años en ese estado. Tenía que salvarse, por Carla, por Dios, por demasiadas cosas. Estaba decidido, se volvería a meter en casa, se cambiaría e investigaría sobre las curas de su enfermedad.
El poyete estaba muy mojado, y él intentaba bajar. Tenía medio cuerpo dentro, cuando resbaló, sintió el aire, vio su vida pasar ante él sin poder hacer nada. Entonces ocurrió. Su camisa de seda estalló en mil pedazos, y observó impresionado el suelo, que se movía a gran velocidad. Planeó durante unos segundos, y aterrizó delante de la puerta principales sentía extraño. Entonces se vio, reflejado en un charco.
Sus alas estaban abiertas. Pero... no podían ser sus alas eran mucho más grandes, al menos de cómo las recordaba. Eran impresionantes, de unos seis metros de envergadura en total, brillaban como si estuvieran cubiertas de purpurina, en tonos suaves. No debía verle nadie, era un secreto que había guardado celosamente durante muchísimo tiempo. Entonces miro al cielo encapotado, y se alzo al cielo, despidiéndose de lo que había sido su hogar para siempre.
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